Un nombre es el primer regalo.

El reciente nacimiento de la hija de unos amigos me ha hecho volver a pensar en el modo o el motivo por el que elegimos un nombre para nuestra hija o hijo. Cada padre o madre tiene sus razones para proceder; todas respetables.

Hay quien lo elige por tradición familiar y, así, heredamos los nombres de abuelos, abuelas, padres o madres. Personalmente nunca me ha gustado esta costumbre, puede crear la expectativa sobre el niño de que se asemeje en algo al pariente del que hereda el nombre y, si dicho pariente ya está difunto, incluso me parece un tanto morboso. También se corre el riesgo, si la familia es prolífica, de saturar el número de Juanes o Marías, de forma que cada vez que en una celebración familiar llamas a uno, contestan siete, con lo que es obligado adjuntar al nombre el apellido y, de esta manera, convertir la llamada en una fórmula quasi burocrática: ¡Mª del Carmen Gutiérrez! ¡Qué te estoy llamando! Esto además lleva intríseco cierto temor infantil a la reprimenda porque ¿a quién no le ha llamado su madre por sus dos nombre y el apellido? Automáticamente piensas: “Me la he cargao”.

Antigüamente en España, se imponían, primero, los nombres de los abuelos o abuelas, según fuera “retoño” o “retoña”, y a continuación todos los nombres relativos a las onomásticas del día del nacimiento, obligando a la persona venida al mundo a portar hasta 7, 8 e incluso más nombres, una auténtica retahíla que al final sólo servía para rellenar dos páginas del Libro del Registro de Civil y otras tantas hojas parroquiales para hacer constar el bautizo.

Algunos padres no piensan demasiado en cómo llamar a su hijo. Sí, los hay que esperan al momento del nacimiento, bien por superstición, bien confiando en que la cara del bebé les dará la solución o una pista, algo así como “tienes cara de Ernesto”. Y de pronto, ¡zas!, les gusta un nombre y ese escogen.

Otros nombran a sus hijos como a otra persona a quien quieren o han querido mucho en un esfuerzo de homenaje. Lo malo es que si esa persona sigue viva y surje el conflicto, la confrontación o la rotura de lazos sentimentales, el niño seguirá ahí y se seguirá llamando como la imbécil de Ana Belén. Si la persona objeto de nuestro afecto ya ha desaparecido, volvemos a la reflexión del párrafo segundo.

Esta la opción más devota de que lleve el nombre de la Santa o al Santo Patrón de la tierra, y ahí el bebé puede tener la suerte de que el patronazgo corresponda a un nombre de bonita sonoridad o la desdicha de que el nombre devenga rancio ya antes de que quien lo lleva llegue a la tercera edad.

O como a la celebridad del momento… Aquí prefiero los puntos suspensivos, pues la crítica de esta aficción me daría para varios blogs.

Razones hay casi tantas como padres, abuelos o padrinos, o más que éstos.

Y nombres hay muchos más que razones. Si no hallas el apropiado y tienes internet, la cosa es fácil. Hay infinidad de páginas con nombres para bebé, chico o chica, con su índice alfabético y todo. Del mismo modo existen libros de nombres para bebés. Algunos preciosos y otros dignos de tipificación penal. Hay nombres patrios y nombres de importación; nombres ilustres y de novelón; nombres nobles y plebeyos; nombres simples y compuestos; nombres que riman desafortunadamente con el apellido; nombres que se prestan a chanza, aunque en la tierna infancia siempre encontramos al graciosillo popular que hará de tu nombre la razón pasajera de tu oprobio; nombres cortos y largos; nombres que en conjunción con el apellido resultan cacofónicos, malsonantes o que forman curiosos juegos de palabras; nombres usuales y poco comunes; nombres…

Hay papás y mamás para los que el nombre no tiene tanta importancia. Hay otros, en cambio, para los que la elección del nombre es un acto decisivo, que marca la vida de un ser. Yo soy de este segundo grupo. Tal vez se deba a que no me gusta mi nombre.

Abril significa la que llega con la primavera.

Abril: la que llega con la primavera.

Habrá quien se ría, pero entiendo que el nombre es el elemento que, por encima de todo, nos identifica. Es el primer dato que damos a los demás al ser presentados. Es la forma en que, desde que venimos a este lugar llamado mundo, nos van a conocer, a llamar, se van a referir a nosotros, se nos va a recordar a cada uno. Es, en definidas cuentas, nuestro primer rasgo no físico reconocible por los que nos rodean, nuestra llave social.

Y debe ser, en mi opinión, importante, bonito, con buena sonoridad y que no cause hilaridad, con cierto significado, que refleje una intención de quien nos lo pone.

De alguna manera, estoy convencida de que nuestro nombre contribuye a nuestra personalidad, bien que no determinantemente, pero sí con ciertas pinceladas.

Un nombre es el primer regalo que recibimos de nuestros padres.

Decir que el primer regalo es la propia vida es pretencioso y muy osado; la vida se puede robar y quitar, pero no regalar. Los niños buscados por la pareja y deseados antes de su concepción son un regalo que hacemos a nuestro compañero en la vida y a nosotros mismos; y luego están los niños cuya existencia es meramente accidental. “Yo te he traido al mundo”, “me debes la vida”, son frases que me chirrían en el oído y que se oyen demasiadas veces y, casi siempre, en tono de reproche.

Un nombre, sin embarbo, es algo gratuito que se entrega desde el amor. La mayoría de las veces se medita mucho, se hacen propuestas, se elaboran listas, se discute, se descartan nombres, se añaden otros, se consulta a amigos y familiares, se ojean hasta las estadísticas… Al final, después de bastante tiempo de búsqueda, se encuentra y se hace el regalo. En ocasiones, hasta antes de nacer llamamos a la tripa por un nombre. En mi caso, la gente por la calle me miraba como si estuviera chalada y no iban muy descaminados, la verdad.

Ariel significca león de Dios.

Ariel: León de Dios.

Como cualquier regalo, es susceptible de no gustar a quien lo recibe. Eso también tiene truco: el modo en que llamamos a nuestros niños, la forma en que modulamos la voz para que suene lo más lindo posible; las veces que le repetimos lo bellos que son, como su nombre; los presentamos a los demás acompañando su nombre de una amplia sonrisa. Al final todo se reduce a lo mismo: fomentar la autoestima y la inteligencia emocional.

El ejemplo contrario es justamente lo que nos hace odiar nuestro nombre: las burlas, las rimas, las comparaciones, los diminutivos o los aumentativos y sobre todo si no son cariñosos, las cancioncillas con protagonista coincidente…

No hay fórmula infalible para hacer una buena elección y nadie nos puede asegurar que el día de mañana nuestros hijos no nos dirán “¡Uf! ¿Es que no había otro nombre?”. Pero cuando uno hace un regalo con todo su amor, aun no gustando, recibe a cambio agradecimiento en forma de amor también.

No, no me gusta mi nombre, pero ahora que nadie me llama por él y que estoy siendo rebautizada una y otra vez por la gente y por los organismos públicos, me doy cuenta de que es molesto y de que me gusta todavía menos que me llamen María Ferreras cuando me llamo Paloma Pimentel. Ahora reivindico mi identidad y, tal vez tarde, tengo que decirles a mis padres que los quiero y que les doy gracias por mi nombre, el mismo que hace 42 años eligieron para su cuarta hija, una pequeña que iba a nacer en un día nevado de invierno.

Gracias Eduardo Pimentel, ángel que me guardas. Gracias Manuela García, ángel de mi vida.

3 pensamientos en “Un nombre es el primer regalo.

    1. marisa

      La verdad es que yo nunca habia pensado en lo dificil que es lo de poner un nombre, me llamo como mi madre y ya está y en mi casa es asi para casi todos mis hermanos. Y cuando me ví (nos vimos) en la tesitura de elegir, uff, que si no podia ser repetido, que si no podia acortarse, que se debia pronunciar bien es andaluz … mil cosas y al final Jaime si era niño (ese porque sí y porque nos gustaba) y Julia si era niña (en honor a mi hermano q era el nombre q el le hubiese puesto a su primera hija).
      Sólo espero q a él le guste

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