El ruidito del erizo. Música y almas.

Ariel y la rueda de palos de lluvia

Ariel y la rueda de palos de lluvia

Vengo de un lugar donde siempre se han escuchado dulces voces femeninas  en un volumen muy bajito, al vaivén de una antigua mecedora, al ritmo de su crugido, donde todos los niños de todas nuestras generaciones sueñan sintiendo la cadencia cansina de las nanas. Vengo de un lugar donde mi madre convirtió en rey de la casa a un piano de pared negro que nos reunía a todos en derredor para cantar a varias voces el “Estrella Azul” en la Nochebuena. Vengo de un lugar donde al piano se unirían más adelante guitarras, flautas, harmónicas, teclados electrónicos, arpas vocales, castañuelas, panderetas, cajones flamencos, botellas de anís y todo lo que tuviera un sonido medianamente aceptable; donde sentarse en la misma cama dos, tres, cuatro o los cinco hermanos y hacer un homenaje improvisado a Silvio Rodríguez, Pata Negra, El Ultimo de la Fila o Kiko Veneno, era mucho más habitual que pedirnos perdón en una disputa fraternal… De hecho, creo que es más fácil encontrarnos cantando juntos que haciendo cualquier otra cosa.

En un sitio así, una no puede menos que salir contaminada. Respirar música, oír música, entender música, buscar música, querer música y poner banda sonora a todo cuanto te acontece y en todo momento de tu vida: eso es lo único que puedes esperar cuando has vivido siempre en un sitio así, en un maravilloso y fantástico sitio como ése.

“Donde hay música no puede haber cosa mala”. Miguel de Cervantes Saavedra.

Y de este modo, poniendo y quitando cintas, rebobinándolas con el boli Bic,  poniendo, quitando y pirateando Cd’s antes de que estas cosas fueran punibles, encajando en mis orejas unos minúsculos auriculares para ir a correr, y escuchando mp3 para estudiar Derecho, con la música de fondo en la ducha, llorando por un amor no correspondido al amparo de una balada, enfadada por injusticias sociales, políticas y laborales al son de las canciones protesta, oyendo canciones del momento mientras redactaba demandas, y volviendo a emisoras de música revival harta del “Aserejé” … mi vida va transcurriendo, más o menos, como la de todos; o casi, porque no sonó Mendelssohn en mi boda, pero sí The Corrs.

Llegada  al punto del embarazo, me paro y pienso: “Si a mí me gusta, ¿le gustará a ella?”… y arriesgué, y nadie comprendía cómo podía ponerle esa música a mi sirenita; y se la puse. Y reincidí, y de nuevo le puse música de mi gusto a mi pececito tres años después.

Ahí me veo, paseando por zonas verdes en un intento de conservar cierta agilidad, o al menos, algo de movilidad,  guardando el equilibrio con mi nuevo centro de gravedad y acoplándole a mi barrigón los cascos, pero no para escuchar música clásica como todo el mundo aconseja. No tengo ni idea acerca de si Mozart vuelve a los niños unos superdotados con sólo oirlo en su más tierna formación uterina o si este ejercício sólo los convierte en unos impertinentes o petulantes, o si, sencillamente, sus “allegros ma non tropos” entran en el líquido de la vida por un lado de la bolsa y salen por el otro sin pena ni gloria. No he tenido, ni tengo siquiera, curiosidad por experimentarlo. Yo a mis mapashitos les he puesto Mi Música, la que siempre me ha gustado: un auricular para la tripa y otro para la madre y listos para pasear o hacer recados canturreando y compartiendo compases.

Abril se entretuvo oyendo la banda sonora de la película Amelie, The Smiths, o Juan Perro, entre otras selecciones de su mamá, y la dilatación y el parto estuvieron ilustrados con las notas de Dire Straits. Puedo asegurar que no presenta a la fecha ningún trauma y su inteligencia emocional y sensibilidad supera a la de otros niños de su edad.

Ariel disfrutó durante su natación amniótica de voces tan increíbles como la de “Los chicos del Coro” o Lamari de Chambao y se mostraba particularmente relajado con la música celta. Su nacimiento y sus interminables horas de lactancia  fueron amenizados por el albúm  “And Winter Came” de Enya. Salvo una increíble energía, una sonrisa arrebatadora  y unas rabiosas ganas de vivir, no hay nada raro en él.

Una niña, una guitarra y la amplitud de un salón vacío.

Abril tocando la guitarra.

Salidos del limbo protector de mamá, mis hijos han escuchado prácticamente de todo; ¿música clásica? desde luego, pero no en exclusividad. Han oído las canciones de cuna de mamá y, sobre todo, de papá, descubriendo así que la voz masculina puede llegar a ser mucho más tranquilizadora en ciertos momentos del día en que la madre ya está hartita de bregar con niños. Han disfrutado de muchos ritmos, bailando en brazos de papá, mamá, titos, abuelos y amigos. Alrededor de su año y medio, cuando se sostenían en pie, poníamos música para que bailaran solitos y esto les hacía enormemente felices y les daba más seguridad.

“La música es el territorio donde nada nos hace daño”. Andrés Calamaro.

Han crecido con la música a su alrededor. Tanto Abril como Ariel son poseedores de un tesoro: una pequeña colección de Cd’s y videos musicales apropiados para su edad, con música clásica y canciones infantiles, desde luego, pero también con villancicos, tradicional andaluza y francesa, versiones adaptadas de los Beatles, cha-cha-chás, “Piccolissima Serenata”, “Over the rainbow”… Piezas cantadas en distintos idiomas, obras para diferentes ocasiones. Hemos coloreado de melodías los momentos del sueño, los de pintar con los dedos, los de las fiestas, los del yoga, y hemos podido y aun podremos decirnos cantando todas las cosas del mundo que no nos salgan con palabras.

“Donde fracasan las palabras, la música habla”. Hans Christian Andersen.

Que la música amansa a las fieras se ha convertido en un teorema y especialmente interesante resulta la combinación “niños inquietos-música”.  Para Ariel, pequeñín nervioso donde los haya,  la música es su espacio de crecimiento por excelencia. Le encantaba encaramarse a la silla de su abuela para pasear sus deditos rechonchuelos sobre las teclas; ni siquiera era capaz de sostenerse sentado cuando ya pellizcaba las cuerdas de mi guitarra y desde que empezó a hablar con un poco de fluidez demanda cuando tiene ocasión: “¿tocamos la pitarra?”.

Lleva inscrito en el  Conservatorio de la ciudad donde vivimos siete meses, en un curso de “Eveil Musical” (despertar musical) y cuando el miércoles se levanta para ir a su clase de las nueve y media, lo hace muy contento, y al terminar su media hora de música sale radiante, sonriente, feliz. Su profesora le anima y nos anima a acompañarlo en su caminito de pentagramas. Y eso haremos, seguro, pero con su permiso siempre, en plena libertad. Ante todo tenemos presente que uno aprende lo que le gusta y este aprendizaje se convierte en exploración y aventura; lo forzado, lo impuesto, simplemente se aborrece. Posee una capacidad de entonación extraordinaria desde que tenía sólo un añito de edad y un esplédido sentido del ritmo. Adora todos los instrumentos y sus ganas de descubrirlos son infinitas. La música le resulta simpática y se está haciendo su amigo; se comunica con ella y nos cuenta cosas a través de ella.

“La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Platón.

El efecto de este arte en las personas es asombroso. No puedo hablar por los demás, y esto no es una tesis, no soy científica. Puedo contar mi experiencia personal y la de mi propia familia y, en este campo que sí domino, puedo aseverar que la música es a nuestros hijos, a nuestros padres y a nosotros mismos, como el sol a las plantas o como el agua a un pez. Mis hijos disfrutan las melodías. Mi madre siempre sonríe cuando las escucha. A mí siempre me evocarán el lugar de donde vengo.

Vengo de un lugar donde siempre se han escuchado dulces voces femeninas  en un volumen muy bajito, al vaivén de una antigua mecedora…

“El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos”. Oscar Wilde.

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