Tradiciones vivas

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El otro día vi en una tienda de labores de Evreux un cartel anunciando la liquidación por cierre definitivo.  Me entró de repente el gusanillo de hacer punto; recordé lo relajante que me resultaba esta actividad.

Por otra parte, me dio nostalgia. Cuando yo era pequeña,  tricotar constituía una tarea casi cotidiana en muchas casas,  era lo que afanaba a las mujeres una vez acabada la jornada. 

Poco a poco,  las fábricas textiles y,  sobre todo,  las marcas,  se fueron imponiendo y reemplazando a esas obras de artesanía que nuestras abuelas y madres nos ponían para mantener nuestros piececitos calientes cuando éramos bebés o,  más adelante, para ir “curiosicos”  al cole.

Todo eso fue desapareciendo en beneficio de la modernidad y las tiendas de lanas e hilo,  con sus mostradores a rebosar de botones y cintas de todas clases y colores,  sus ruecas eléctricas,  sus diminutos cajones de madera para broches y presillas y su mesa camilla con brasero para las parroquianas hacendosas,  casi nada tenían ya que hacer para sobrevivir a las nuevas tendencias.  Con cierta pena he visto cómo se cerraban muchos de estos comercios.

Y pensé “tal vez es la última oportunidad que voy a tener de entrar en una tiendecita a la antigua usanza y comprar preciosas lanas; tal vez si no entro,  me  arrepentiré porque ya no podré hacer un jersey para mis niños,  como hizo mi madre para mí.  Si no entro puede que no pueda volver a experimentar el tacto o el olor de un ovillo,  o el indescriptible placer de hundir los dedos entre cientos de cuentas de madera… ”

Las ganas de crear algo y de rememorar un pasaje de mi niñez me decidieron a entrar.

Y mi sorpresa es que,  una vez puesta a la tarea,  ¡Abril y Ariel me han pedido que les enseña a hacer punto! He de admirarme por  ello,  ya que, además de ser otra forma divertida,  creativa y estimulante de pasar una tarde de invierno,  me enternece ver que el interés por las cosas auténticas y los pequeños trucos aprendidos en  familia pueden permanecer inalterables a lo largo de las generaciones,  por encima del paso del tiempo,  aunque cambien maestros y alumnos.

Incluso aunque cambie la denominación y ahora no sea hacer punto,  sino tricot,  ni se diga “hecho a mano”,  sino “handmade”; esto no es invento nuevo y está bien preservarlo como ciencia heredada y,  de paso,  ¿por qué no? , reivindicar esas pequeñas tiendas que nos alegraban tanto ciertos momentos de la vida en que todavía nuestra mamá nos llevaba de la mano.

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