Manuela García Ortega, Coferenciante en Carmen de los Mártires

Mamá

El 14 de marzo, un día antes de traerme al mundo, mi madre se terminó de apagar. Lo hizo despacito y con discreción, más o menos como había vivido.

Mi madre que, siempre había tenido un inconfundible un toque de distinción que la hacía brillar involuntariamente entre todo lo vulgar y lo anodino que la rodeaba, se fue con la misma elegancia con que vivió. Siempre tuvo un hipnótico saber estar, desde mi punto de vista, y también supo, llegado el momento, mostrar su saber no estar.

Mi madre no era una madre perfecta, era, como ella decía en broma, o puede que en serio, pluscuamperfecta.

Manuela García Ortega, Coferenciante en Carmen de los Mártires

Mi madre, Manuela García Ortega, en el Carmen de los Mártires (Granada) con ocasión de una de sus Conferencias.

Yo tuve mucha suerte en la vida con una madre así. A menudo nos decía, cuando nos quejábamos de que tal o cual niño tenía algo y nosotros no (mi infancia en términos materiales siempre estuvo trufada de carestías) : « A ver, hija mía, hubieras escogido la casa de los Reyes Fabiola y Balduino, que estaban deseando tener descendencia dinástica ». Y es que mi madre siempre daba la nota culta en todo lo que hacía o decía.

Yo admiraba, admiro, a mi madre. Pequeñita de talla, parecía imposible que tuviera tanta fortaleza, cómo podía afrontar la dificultad que fuera, cómo sacó a cinco criaturas adelante sin escuchársele una sola protesta, sin una lágrima.

Pero lo mejor de mi madre, en mi opinión, no era su faceta de madre, que yo pronto suplí con la que me proporcionaba mi abuela materna, que era, en este menester, más madre al uso. Lo mejor de mi madre era su faceta de mujer del Renacimiento. No creo que conozca jamás a una persona más cultivada, más agradable en la conversación. Mi madre me alimentó, a falta de pan, con otras cosas que considero mejor nutriente.

Mi madre nunca me dio el resultado de una cuenta, jamás me dijo qué significaba una palabra cuando no entendía una lección : detrás de su caballete de pintura, toda absorta (a veces nos quedábamos sin merienda porque ella perdía la noción de la vida mundana cuando creaba, ya fuera al piano, al óleo o a la pluma), ante mi insistencia de niña, levantaba la mirada por encima de sus « gafas de cerca » y con el dedo índice de la mano derecha, sin decir ni mú, señalaba los 36 tomos de la enciclopedia familiar.

Mi mamá no guisó nada en la cocina de mi aprendizaje, pero me dio sartenes, ollas y cucharas. Esto es lo que siempre agradeceré a mi madre porque, lo que de pequeña me pareció falta de interés por mis asuntos – quien haya leído el Príncipe destronado de Delibes entenderá- ahora que soy madre se me revela como el mejor de los regalos que unos padres pueden ofrecer a su pequeña. Ella me ha dado autosuficiencia, autodidáctica y sentido de la responsabilidad : « La obligación antes que la devoción », es mi máxima, de hecho.

La mayor parte de los seres humanos sólo tienen una madre, que no es poco, pero yo tuve mucho más : un referente, un personaje de carne y hueso a quien idolatrar para el resto de mis días.

Jamás olvidaré sus canciones populares, aquéllas que tanto me molestaban cuando vivía en su casa, pero tampoco las grandes obras clásicas que con tanto tesón interpretaba al piano, ni los villancicos a tres voces que regalábamos a los amigos en Navidad, los siete sacados como de una estampa de Dickens.

Bromeábamos mucho, incluso en latín y todos los años, por mi cumpleaños me repetía « Cave idus Martias ! », en referencia a la fecha de mi nacimiento y a lo que me tenía que soportar, porque a veces podía resultarle un verdadero incordio. Aunque me dijo más veces la frase « Sabes que eres mi niña preferida » , la última para consolarme de la muerte de mi padre cuando ella misma ya no era muy consciente de la realidad.

Mi madre tenía una risa particular y los días en que veíamos una peli cómica, ella empezaba a reír al principio y ya no podía parar, con el resultado de dejarnos sin escuchar el resto ; de la misma manera, si era de suspense se le escapaba un « Pava ! No vayas ! » cuando intuíamos que la prota iba a caer en una trampa de esas malvadas y psicóticas que supondrán su final definitivo ; la mayor parte de las películas las dormía, con gafas puestas y todo y al final soltaba su ya memorable frase : « qué ha pasado ? » y recibía la respuesta popular de : « Joder, mamá, antes, durante o después de que cayeras roque ?! »

Mi madre, que no daba besos a extraños y que la costumbre de los dos ósculos protocolarios de saludo le parecía anti higiénica, daba abrazos con dulce olor a perfume de flores.

Le gustaba pintar lilas, le gusta pintar, la pintura es, creo, un refugio seguro de los muchos sinsabores y agravios de la vida. Mi madre ponía azúcar al café ; tomó mucho café, con azúcar, siempre con azúcar porque « los tragos que te debas tomar que sean dulces, de los amargos ya se encargará la vida ».

Mi madre me dijo que al parto no hay que temerle, que todas las mujeres podemos, pero que la maternidad es una enfermedad crónica (ahora entiendo qué quería decirme).

Me sorprendo a mí misma ahora, repitiendo a mis hijos frases de mi madre, cantando sus cancioncillas de faena doméstica, repitiendo sus gestos de cariño maternal con Abril y Ariel… Yo, que he dicho a mi madre más de una vez que no haría esto o lo otro así como ella, o que me reía de sus frasecillas con moralina y le decía : Mamá, por favor, qué cosa más arcaica ! » Irá en los genes, vete a saber ! pero soy cada vez más mi propia madre. Ahora digo cosas como « La tía Alcandora ! » cuando alguien no me agrada, o canto « Papas con caldo saben a pocas » cuando hago la comida. Con las variaciones propias del devenir generacional, pero básicamente, repito el mismo modelo de crianza.

Mi madre no tuvo la vida que seguramente diseñó, como casi todos, pero tuvo una larga y más fructífera vida de la que tendremos todos los demás. El mundo interior de mi madre, al que a veces podía asomarme, era, con seguridad, mucho más vasto de lo que yo nunca podré imaginar.

Alguien me dijo el otro día, que debería escribir mis recuerdos acerca de mi madre porque son bonitos. Yo no puedo escribir en absoluto los recuerdos que tengo de mi madre porque son infinitos y la vida tiene fecha de caducidad. En efecto, mamá, una vez más llevabas razón : « Nadie se queda para simiente de rábanos ».

Mi madre soñaba con la suya cuando necesitaba consejo ; yo soñaré con mi madre a partir de ahora cuando me asalten los temores. De pensar en ella no digo nada porque nunca he dejado de hacerlo desde que la conocía hace ya 47 años.

Como te dijeron los niños el otro día : Gracias por lo mejor de nosotros, mamá.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *