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Una puerta hacia la aventura.

El 23 de abril se conmemora el día internacional del libro y con ocasión de esta importante celebración, he pensado en hablaros un poco de una de mis pasiones: el cuento.

Normalmente utilizamos el cuento a la hora de acostar a nuestros hijos. Los metemos en la cama, los arropamos y le contamos un cuento que debido a nuestro cansancio suele ser el primero que pillamos de la estantería.

Lo cierto es que no había reparado antes en la trascendencia de los cuentos hasta que he sido madre y los he empezado a estudiar con más detenimiento: sus clases, su extensión, el lenguaje que emplean, el mensaje que difunden, las ilustraciones…

cuento de la luna

cuento de la luna

El cuento es una maravillosa forma de aprender y, añado, a cualquier edad.

Todo niño debería tener derecho, al menos, a conocer los cuentos tradicionales: los que se transmiten de viva voz, mejor si son contados por la abuelita o el abuelito.  Y dentro de éstos, los clásicos, teniendo cuidado de contar el cuento adaptado a la edad del oyente, porque, no seamos ingenuos, hay cuentos clásicos bastante crueles o tristes que no siempre resultan apropiados. Para mí, uno de estos es “La pequeña cerillera” de Hans Christian Andersen. Contar un cuento a un niño no exige exactitud de palabras ni fidelidad al texto, mucho menos, si el cuento es tradicional, de modo que podemos adecuar el cuento a nuestra audiencia.

Y en la gran galería de cuentos literarios (cuentos escritos y de transmisión a través de la lectura), podemos encontrar absolutamente de todo, porque la imaginación del ser humano no tiene límite.

Los niños más pequeños se extasían ante los dibujos coloristas y de formas grandes y simples. Los libros de texturas despiertan su sentido del tacto; los de grueso cartón o de tela facilitan además la manipulación por parte de los dedos rechonchetes. Los hay con sonidos incorporados que contribuyen a que el niño no pierda la atención en el libro. Algunos incluso pueden ser invitados a la bañera. ¡Cuántas veces habría querido yo que la novela que leía en el momento fuera plastificada para no tener que interrumpir la lectura durante la ducha!… Impresionantes son los cuentos desplegables o “Pop Up”, más apropiados para niños un poco más mayorcitos y cuidadosos, que abrirán ojos como platos cada vez que cojan el libro.

Los cuentos para niños pueden ser enormes o diminutos, y en ambos casos despiertan su curiosidad. Pero en el cuento literario, además del contenido, lo que el niño va a buscar es la ilustración, así que hay que cuidar este detalle del libro que regalamos a un niño. Sobre todo esto ocurrirá en los niños que aún no saben leer. El misterio del contenido lo desvelará un adulto, pero si no le gusta cómo está descrito a través de sus imágenes, el cuento le aburrirá o, directamente, no captará su atención. Ahora, si el dibujo lo atrapa, pedirá enseguida que alguien le cuente la historia.

Los cuentos infantiles, por lo general, suelen ser bonitos y casi todos tienen una indicación que recomienda la edad del oyente o lector, lo cual simplifica el trabajo de selección para los adultos. Pero lo mejor de un cuento es su mensaje y en este punto no podemos ser tan despreocupados.

Es cierto que en la mayoría de las ocasiones cualquier cuento nos serviría para ayudar a dormirse a un niño. Pero ¿se nos ha ocurrido alguna vez utilizar el cuento para enseñarle? Los cuentos son un excelente recurso cuando no sabemos explicar cosas, o cuando a lo largo del día ha surgido una pregunta del niño o un pequeño conflicto que resolver, o cuando queremos que nuestro hijo aprenda valores tales como la amistad, la solidaridad, o conceptos muy abstractos como la autoestima o la empatía…  A veces más vale un cuento con moraleja que  la silla de pensar o una asertividad interminable en el que el niño se pierde a la altura del final de nuestra primera frase.

Otro aspecto al que no damos importancia es el modo en que contamos un cuento. Si tenemos mucha prisa o estamos muy cansados, lo más común es contar el cuento de siempre a modo de letanía átona o leer de corrido el libro sin gran detenimiento y, normalmente, desatendiendo las preguntas de nuestro joven oyente. Esto aquieta nuestra conciencia de padres (ya hemos contando el cuento protocolario, ya se puede dormir) pero no sirve a nuestros hijos más que para darse cuenta de nuestra desgana o desinterés, porque se dan cuenta.

Cuando vemos en acción a los cuentacuentos, a la mayoría de los adultos les parecen gente sin carrera, sin profesión en condiciones, gente que hace el tonto para entretener y que tiene un trabajo simple y divertido, o pocas ganas de trabajar de verdad, y seguro que alguien piensa que “eso no es un trabajo serio, digno”. Pero cuando un niño ve a un cuentacuentos en acción lo que ve es a una persona mágica que ha conocido miles de cosas sorprendentes y, a veces, el espectáculo que se sucede al propio espectáculo del cuento, es el protagonizado por un montón de niños que formulan nerviosos y atropellados miles de cuestiones a esa persona “poco seria y sin profesión”, pero que suele ser la persona que nuestro hijo acaba de escoger para preguntar por qué las luciérnagas pueden iluminar el bosque en la oscuridad. Y lo que realmente hay, es un adulto preparado, que ha hecho un montón de cursos carísimos y ha dedicado un montón de horas de ensayo, de modulación de la voz, de puesta en escena, de educación postural y expresión corporal, de tramoya, vestuario, maquillaje y decoración, que ha investigado los cuentos que cuenta con mucho cuidado y cariño, que puede que hasta los haya creado él mismo y que tiene esa capacidad de conexión oral y de escucha del niño que a muchos de nosotros, padres, nos gustaría y necesitamos  tener.

Estamos tan equivocados acerca de los cuentos y sus narradores. En algunos lugares, como aquí donde vivimos, hay cuentacuentos que simplemente intentan contagiar su amor por la lectura y los libros, sin esperar a cambio más que el interés de los niños por la literatura. Es el caso de la asociación francesa “Leer y hacer leer” .

Habrá quien resignadamente diga “es que yo no tengo gracia para esto”. Y yo contesto  siempre lo mismo: “es que todo el mundo tenemos capacidad de aprender cosas nuevas, como por ejemplo, contar bien un cuento”. No todo estriba en distorsionar nuestra voz para dotar de personalidad al personaje; hay muchos más recursos.

Podemos cambiar las voces de los protagonistas, pero también colar canciones en mitad del relato. El cuento de “La lechera” tiene una bonita canción en que la aldeana nos narra sus anhelos de prosperar; en “Garbancito” también puede cantarse la canción “Pachín, pachín, pachín” e, incluso, tiene una pequeña poesía para cambiar el ritmo del cuento en el momento en que se lo traga el buey; otra canción escondida tiene el cuento “El enano saltarín”, también conocido como “Rumpelstinsky”.

Podemos contar el cuento con efectos de luz gracias a una linterna que amenizará los más bellos relatos de magia. O, hablando de luces, podemos hacer los personajes en cartulina, pegarlos a un palito de brochetas, apagar la luz del dormitorio de nuestros hijos e improvisar un teatro de sombras chinescas proyectado contra el techo.

Podemos pintar caras con diferentes expresiones en las yemas de nuestros dedos y crear cinco personajes que nos ayuden a contar el cuento esta noche.

Podemos, cuando son un poco mayores, invitarlos a compartir la lectura, leyendo un trocito la niña y otro el papá. Podemos contar cuentos inventados sobre la marcha donde comience la mamá y siga el niño, y conseguir así trabajar nuestra creatividad y la suya.

Podemos escoger el cuento con antelación en función de lo que queremos que nuestros hijos aprendan. Será más fácil cuánto más hayamos leído nosotros, pero también será un ejercicio de aprendizaje para quien no tuvo oportunidad de leer mucho. Un cuento no es una cosa baladí, es un instrumento de transmisión y como tal deberíamos utilizarlo, y saber utilizarlo. Por otra parte, he oído a demasiadas “personas grandes” decir que la lectura no les gusta porque el primer libro que leyeron era tedioso, cuando debería ser justo lo contrario. Por eso es bueno saber seleccionar y recomendar las primeras lecturas de un niño; debemos encargarnos de crear en él la ilusión y la certeza de que desde el momento en que abrimos la cubierta de un libro, estamos traspasando también el pórtico hacia un universo inexplorado y comienza una apasionante aventura. Acordémonos de cómo Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson, en realidad) hace descender a Alicia por una madriguera hasta el País de las Maravillas o de cómo acceden Peter, Susan, Edmund y Lucy a Narnia a través de un armario olvidado en el desván; ambas son alegorías de cuán fascinante puede ser abrir una puerta a lo desconocido, abrir un libro y dejarse llevar por la ensoñación.

Llevar a nuestros hijos a las bibliotecas infantiles, a cuentacuentos organizados en nuestra ciudad o en lugares cercanos a ella. Acompañarlos al teatro o a algún espectáculo callejero. Todo esto son recursos a nuestro alcance que van a entusiasmarles pero que van a ayudarles porque les dotan de herramientas interesantes para su crecimiento.

He visto en el mundo de los cuentos cosas realmente fantásticas: artilugios como el “kamishibai”, una especie de teatro manual y portátil muy utilizado en la tradición japonesa; el “raconte-tapis”, donde el contador de relatos extiende una manta en el suelo que encierra toda la magia y los personajes del cuento y que los propios niños pueden manipular a su antojo; marionetas hechas con calcetines viejos, “muppets”, guiñol clásico; malabarismos y funambulismos. Toda suerte de artilugios destinados a trovar historias asombrosas. Pero en casa, existe también todo esto y si no, podemos crearlo a nuestra conveniencia, con más sencillez pero igual efectividad.

Pero, ante todo, no convirtamos el cuento en un ritual sin más sentido que relajar al niño antes de dormir. Pensemos que el cuento es literatura y es cultura, no lo subestimemos.

Y ahora, ¿a quién le apetece un cuento?

Este cuento me encontró a mí hace poco en la Mediateca de la ciudad donde vivimos y al leerlo descubrí en él a mis dos hijos y su relación de hermanos, que es como la de todos los hermanos, un tira y afloja de peleas, juegos, complicidad y mucho amor. Lo leímos en francés, idioma en el que se halla escrito el ejemplar que vimos, y fuimos haciendo su traducción simultánea. Se titula “Les deux petits monstres”  y el texto es de Michaël Escoffier, un señor que ha declarado que escribe para niños porque los adultos le aburrimos profundamente. Os lo recomiendo, en especial, a todos los que tenéis más de un hijo; es muy útil para aplacar discordias en aquéllas casas donde un día decidimos que con uno no bastaba 😉 y abrimos la caja de los celos y del compartir.

Para despedirme por hoy y si me permitís el consejo: no olvidemos también que un niño que  cree en dragones, hadas o Papá Noël no va a ser un ingenuo medio lelo y fácil de engañar; probablemente será un adulto imaginativo y capaz de encontrar más de una solución a un mismo problema, porque habrá ejercitado su capacidad de inventar y crear a su alrededor. No les hagamos renunciar a su mundo infantil para que “madure” antes de tiempo, más bien, intentemos disfrutarlo nosotros también: ascendamos a su universo de fantásticas criaturas aunque sólo sea  durante un ratito cada atardecer.

Colorín, colorete, por la chimenea sale un cohete!!!